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¡POR LA FE DAVID…! (Serie: La Fe).

  • hace 1 día
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«¿Y qué más digo? Porque el tiempo me faltaría contando de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté, de David, así como de Samuel y de los profetas» (Hebreos 11:32).

 

Dios describe a David en su Palabra como un hombre conforme a su corazón, levando para cumplir su voluntad, conquistar a sus enemigos, y establecer el reino de Israel. Se destaca su lucha y victoria sobre el gigante Goliat, su dependencia y fe en el Señor, a través de muchas persecuciones, destierros, batallas, angustias, en especial por la furia y envidia de Saúl, mostrando su paciencia antes de ser rey; pero en especial podemos destacar el Pacto que Dios hizo con él, prometiéndole una casa y reino eterno. David murió en la fe del cumplimiento futuro de este Pacto, a través de su descendencia (Cristo).

 

1. EL REY DAVID.

 

DAVID.

Fue el segundo rey de Israel del tiempo de la monarquía (Después de Saúl). De la tribu de Judá, hijo de Isaí (el menor de 8 hijos). Creció como pastor de ovejas, donde luchaba con osos y leones, luego fue guerrero, y finalmente rey. Tuvo varios hijos, entre ellos Salomón. Dios hizo pacto con él para instituir su reino, que apuntaba al Reino eterno de Cristo. David fue un hombre de fe, valiente, y dependiente de Dios. Aunque tuvo caídas en pecado (Betsabé, Censo), y había derramado mucha sangre en sus batallas, es llamado por Dios un hombre conforme a Su corazón. Escribió gran parte de los Salmos, como memorias de pruebas y actos de fe, de gran utilidad para el pueblo de Dios. Exalta la grandeza de Dios, expresan adoración, dependencia de Dios, arrepentimiento, y algunos apuntan a Cristo.

 

REINADO DE SAÚL.

Israel pidió rey como tenían las otras naciones (1 S 8). Dios dice a Samuel que no lo han rechazado a él, sino a Dios como Rey. Les advierte que el rey les traería opresión. Pero ellos insistieron, y Dios les concedió su petición. Dios escoge a Saúl como rey y manda a Samuel a ungirlo (1 S 9-10). Es confirmado tras vencer a los amonitas (1 S 11). Saúl inicia bien su reinado, pero desobedece a Dios: primero al ofrecer sacrificio indebidamente (1 S 13), y luego al no destruir por completo a Amalec como se le ordenó (1 S 15). Por esto, Dios lo destituye como rey. Le dice que la obediencia es mejor que los sacrificios, y que su rebelión es como la adivinación, y su obstinación como la idolatría (1 S 15:22-28).

 

DAVID UNGIDO COMO REY (1 S 16:1-13).

Dios envía a Samuel a Belén para ungir rey entre los hijos de Isaí. Dios no escoge al más fuertes o al mayor, elige a David, el menor, pastor de ovejas. Samuel lo unge, y viene el Espíritu de Dios sobre David desde ese día. Dios no mira lo que mira el hombre, Él mira el corazón (v7). David fue el elegido de Dios, conforme a su corazón (v12). El Espíritu de Dios se aparta de Saúl y un espíritu malo lo atormenta. Manda a llamar a David quien con el arpa lo calma; así halla su favor (1 S 16:14-23).

 

DAVID VENCE A GOLIAT (1 S 17).

Goliat, el gigante filisteo, desafía a Israel y llena de temor al ejército de Saúl. David se ofrece para enfrentarlo, y lo vence con una honda, dando la victoria a Israel. Goliat menosprecia a David; pero responde con valentía, confiado en Dios (v45-46).

 

DAVID ANTES DE SER REY.

Jonatán, hijo de Saúl, amaba a David como a sí mismo, y hacen un pacto de amistad. David prospera sirviendo Saúl (1 S 18:1-5). Tras vencer a Goliat, las mujeres honran más a David que a Saúl; lo que despierta los celos de Saúl (v8-9). Saúl intenta matar varias veces a David, pero Dios está con David, quien prospera y gana aún más el favor del pueblo (1 S 18:6-30). Jonatán y su hermana Mical, mujer de David, lo ayudan a huir (1 S 19). Finalmente, Jonatán ayuda a escapar a David, y se despiden con dolor (1 S 20). David huye de Saúl, y es ayudado por el sacerdote Ahimelec en Nob. Saúl manda matar a los sacerdotes de Nob por ayudar a David. Solo escapa Abiatar, quien se une a David (1 S 22:6-23). David huye al desierto (1 S 23). David perdona 2 veces la vida de Saúl. En una cueva en En-gadi (1 S 24), y en Zif cuando Saúl y sus hombres dormían en el campamento (1 S 26).

 

David envía a pedir provisiones a Nabal, esposo de Abigaíl, pero responde con insultos. David busca vengarse, pero Abigail lo detiene. Dios hiere a Nabal y muere, y David toma a Abigail por mujer (1 S 25). David, temiendo a Saúl, busca refugio entre los filisteos (1 S 27 - 28:2). Los filisteos desconfían de David y no lo dejan ir con ellos a pelear con Israel. Providencialmente, David es librado de pelear contra su pueblo (1 S 29). David derrota a los amalecitas, después de consultar a Dios (1 S 30). Saúl y sus hijos mueren en batalla contra los filisteos (1 S 31). David levanta endechas por la muerte de Saul y Jonatan; honra su memoria sin aprovecharse de la situación (2 S 1).

 

DAVID COMO REY.

David es ungido rey de Judá (2 S 2:1-7). Hay guerra entre la casa de Saúl y la casa de David, pero David se fortalece progresivamente (2 S 2:8 - 3:1). Le nacen hijos en Hebrón (2 S 3:2-5). David es proclamado rey de Israel, toma Jerusalén, y allí le nacen hijos; derrota a los filisteos y afirma su reino (2 S 5). David lleva el arca a Jerusalén con gozo, adorando a Dios con todo su corazón (2 S 6). Dios hace Pacto con David; por medio de Natán, le promete un Reino eterno (2 S 7:8-16). David responde con humildad (v18-19), y también con fe (v28-29). Dios da victorias a David, y extiende sus dominios, gobernando con justicia (2 S 8-10).

 

DAVID HASTA EL FINAL DE SUS DÍAS.

David adultera con Betsabé, y para encubrir su pecado manda matar a Urías, su esposo (2 S 11). David es reprendido por el profeta Natán; pero reconoce su pecado, se humilla ante Dios en arrepentimiento sincero (2 S 12:1-25); sin embargo, vendrían consecuencias: la espada nunca se apartaría de su casa y la muerte de su hijo con Betsabé (v10, 13-14). Mas adelante su hijo Amnón viola a su hermana Tamar (2 S 13). Absalón, su otro hijo, mata a Amnón en venganza (2 S 13). Mas adelante, Absalón se rebela contra David (2 S 15-18).

 

David vive sus últimos años entre conflictos en su reino, rebeliones, intentos de usurpación del trono, pecado, restauración y fe (2 S 19-23). En su vejez, débil, es cuidado por una joven llamada Abisag (1 R 1). Pero ante el intento de su hijo Adonías de usurpación, David proclama públicamente a Salomón como su sucesor (1 R 1). David encarga a su hijo que sea fiel a Dios y guarde su ley, para prosperar su reino (2 R 2). Salomón edificaría el Templo. A pesar de su debilidad, caídas, y conflictos hacia el final de su vida, David muestra arrepentimiento, fe y perseverancia hasta su muerte y sepultura (1 R 2:10-12).

 

2. EL HIJO DE DAVID.

 

El Mesías sería descendiente de David, de la tribu de Judá, de la cual era David, y de la cual vino Cristo. CRISTO,

 

LINAJE DE DAVID.

Significa que Jesús desciende biológicamente de David; es decir, pertenece a su familia y cumple la promesa de que el Mesías vendría de ese linaje. En Cristo se cumple la promesa hecha a David. David es de la genealogía de Cristo (Mt 1:1). El Mesías vendría del linaje de David (Mt 1:17). Sus padres, José y María eran de la tribu de Judá (Ligado a Belén), vivían en Nazaret, es decir, de la casa y familia de David (Lc 2:4-5). Cristo vendría del linaje del hombre conforme al corazón de Dios (Hc 13:22-23). Los judíos, al discutir quien era el Cristo, dejan claro que del linaje de David vendría (Jn 7:42). Pablo dice que Dios prometió que Cristo vendría del linaje de David (Ro 1:2-3). Pablo anima a Timoteo a acordarse de Jesucristo del linaje de David (2 Ti 2:8-9).

 

CRISTO, EL HIJO DE DAVID.

Significa que Jesús es el descendiente real prometido de David, el Mesías que hereda su trono Eterno. Jesús es llamado en muchos partes de los evangelios el “Hijo de David”. Al sanar a 2 ciegos en Capernaúm (Mt 9:27). En la blasfemia contra el Espíritu Santo, al sanar a un endemoniado, ciego y mudo (Mt 12:23-24). En Tiro y Sidón, cuando una mujer cananea le clama por su hija (Mt 15:22). Al sanar a 2 ciegos en Jericó (Mt 20:30-31). En la entrada triunfal a Jerusalén el pueblo alaba al Hijo de David (Mt 21:9). Después de purificar el Templo y sanar a muchos, unos muchachos lo aclaman (Mt 21:15). Los fariseos sabían que el Mesías sería el Hijo de David (Mt 22:41-42).

 

CRISTO, EN EL TRONO DE DAVID.

Jesús es el heredero en el trono de David. En Él se cumple el Pacto Davídico. Reina como Rey eterno y superior a David. Isaías profetizó que el Mesías reinaría eternamente sobre el Trono de David (Is 9:7). Cristo vino a reinar sobre el Trono de David eternamente (Lc 1:31-33). Cristo es el “Cuerno de salvación” (lenguaje real, poder y reino), levantado por Dios de la casa de David (Lc 1:68-70). Dios había jurado a David que de su descendencia vendría el Cristo que se sentaría en su trono (Hc 2:30). Cristo, la raíz de David, es presentado por Juan, con una imagen clara de realeza y victoria, como único digno de abrir los sellos (Ap 5:5). Cristo se presenta como el Rey legítimo del linaje de David (Ap 22:16).

 

DAVID TIPO DE CRISTO.

Cristo es el real ungido de Dios (Sal 89:19-22). Cristo sería el verdadero Rey eterno sobre su iglesia (Ez 37:24-27). Cristo, dice que Él, aunque hijo de David, es Señor y Rey, superior a David (Mt 22:43-45).

 

3. LA DESCENDENCIA DE DAVID

 

Los cristianos somos sus descendientes espirituales, hacemos parte del Pacto eterno que Dios hizo con David (Is 55:1-3). Los judíos, descendientes en la carne de David, hoy excluidos del pacto; al final de los tiempos, llorarán por el que traspasaron, y se unirán (Zac 12:10-12).

 

Muchas cosas aprendemos de la fe de David, en sus victorias, persecuciones, derrotas, caídas, arrepentimiento. Su vida es una enseñanza para nosotros, y una advertencia para que recordemos que siendo un hombre conforme al corazón de Dios, cuando dejó de velar, pecó terriblemente. David también es ejemplo de verdadero arrepentimiento y mansedumbre, al recibir las justas consecuencias de su pecado. Si hemos pecado debemos lamentarnos como David en el Salmo 51. David un ejemplo de hombre de oración y súplica, un hombre que se deleitaba en la ley del Señor, que despertaba con el Señor (Sal 139:18); un hombre que clamaba continuamente al Señor, que exaltaba el nombre de Dios y su poder, que se sumergía en la profundidad de las inagotables riquezas del Señor y sus atributos. Basta mirar sus súplicas, ruegos y alabanzas en los Salmos.

 

Cómo David se enfrentó a Goliat, no en su fuerza sino en el poder de Dios, así nosotros debemos entregar todas nuestras batallas a Dios. No confiemos en arco, espada, ejércitos, caballos, sino en Jehová de los ejércitos; nuestra fortaleza, Roca, castillo, escudo, nuestro libertador y alto refugio. Debemos correr a la Roca que es más alta que nosotros. Oremos como David cuando estaba en angustia (Sal 4:1). Dios le dio grandes victorias a David, así nos las puede dar a su descendencia eterna (Sal 18:50).

 

David sabía que había un Rey venidero de su linaje, que era su Señor y Redentor, sus profecías apuntaban a Aquel Mesías esperado, el gran libertador de las almas, veía por sombras a Aquel de su descendencia que iba a dar salvación a pecadores. Vió al gran Rey, Aquel esperado de las naciones. David lo miró a futuro, y nosotros ya lo vimos venir y esperamos su glorioso retorno. Ahora conocemos al Hijo de David, la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana (Ap 22:16); el León de la tribu de Judá, la raíz de David, que ha vencido (Ap 5:5); Nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne (Ro 1:3). A este Señor, Salvador y Rey, es a quien servimos. Aquel Dios hecho hombre que vino como siervo, que no tuvo pecado ni hubo engaño en su boca, y que como cordero perfecto fue llevado al matadero, por infelices y perdidos pecadores como nosotros. Corramos con fe a éste precioso Rey de Reyes y Señor de Señores, este si perfecto; sirvamos al que nos amó y nos compró con su sangre. Vivamos cimentados en la Roca eterna, quien quiso por gracia compartirnos su reino eterno, y nos prometió estar con nosotros, hasta el fin del mundo. Tengamos Fe, no desmayemos, y manos a la obra.

 

A los que no han corrido al gran Rey Jesucristo. No hay ningún reino e imperio en la tierra que lo pueda superar, no hay nada en este mundo que pueda dar la verdadera paz, no hay forma de ser salvos y perdonados, no hay forma de acceder al reino eterno, sino sólo a través de Jesucristo. Hoy es el día para que como David llore por sus pecados, implore misericordia y perdón, y corra al único que puede salvarlo de la condenación, implore al Padre de nuestro Señor Jesucristo que puede librarlo de la potestad de las tinieblas, y sea trasladado al reino de su amado Hijo.


«¿Y qué más digo? Porque el tiempo me faltaría contando de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté, de David, así como de Samuel y de los profetas»



X SU GRACIA: Comunidad Cristiana.


Escucha el sermón del domingo 5 de Abril de 2026: ¡POR LA FE DAVID...!



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